"Deje a la entrada de esta novela mánguika los conceptos de "realidad" y "ficción". A la salida, se le olvidará recogerlos, porque verá cómo la realidad es un representación". SABINA BERMAN
Lectura Capítulo 1 "Sho-shan y la dama oscura
Entre Tezuka y Gacía Márquez
Este ensayo de mi autoría no lo he ofrecido a revista literaria alguna porque de antemano sé que será rechazado en todas. Por fortuna cuento con este espacio propio donde establecer mi muy personal teoría sobre lo que he dado en denominar "realismo mángiko"
Generalmente son los críticos literarios quienes etiquetan, inauguran, encasillan y estigmatizan -a veces- las obras literarias, aglutinándolas por categorías muchas veces arbitrarias que ocasionalmente son aprovechadas por los mismos autores –e imitadores, que nunca faltan- para darse a notar. Pocos casos existen de autores que se adelantan, abanderándose ellos mismos para no dar pie a lecturas equívocas, como sería –por mencionar un caso muy próximo a nosotros- el caso de la literatura Crack. A Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Eloy Urroz, Pedro Ángel Palou y Ricardo Chávez Castañeda no les perdonan, a la fecha, habérseles adelantado a los académicos y a los críticos en forma flagrante.
En mi caso particular, circunscribir, desde la dedicatoria misma, a Sho-shan y la dama oscura a un “género inaugural”, en este caso, el “realismo mángiko”, empezó como una broma que fui tomándome en serio conforme entendí que mi novela no encajaba en ninguno de los géneros que potencialmente pudieran acogerla. Para empezar, no se trata precisamente de una novela para niños, como no lo son la mayoría de los animes que los niños suelen idolatrar, y el apelativo “literatura juvenil” tiende a producir fruncimientos de nariz y levantamiento de cejas, pues nunca se sabe exactamente qué rango de edad –cronológica o emocional- abarca dicho slogan. ¿Ciencia ficción? ¿Fantasía?, ¿Thriller? De las tres, la que más se aproxima, aunque parezca chiste, es a la última. Mi editorial, sin embargo, optó por catalogarla como “novela de aventuras”, género íntimamente ligado a lo juvenil, si tomamos en cuenta que la mayoría nos iniciamos en los libros con ese género.
El mundo del manga/ anime no está escindido en lo absoluto de la literatura pues muchos de ellos están inspirados en novelas o relatos que lo mismo pueden ser obras muy serias, que literatura ligera, y no pocas veces transformarse en obras maestras al toque mágico de un mangaka. Un ejemplo reciente de ello es la extraordinaria novela de Kyochi Katayama, Un grito de amor desde el centro del mundo, que actualmente circula a manera de cómic-manga en México, con su reglamentario slogan impuesto por Gobernación de “Lectura para mayores de 18 años”, que exhibe su condenado prejuicio y supina ignorancia respecto a este arte popular japonés. No tengo noticia de una novela occidental inspirada no en un anime, sino en la dinámica, ritmo y esencia de estos. No de manera deliberada al menos. Que se lea como si se tratara de uno, trastocando las palabras en imágenes. Finalmente, la literatura no es, como la concibieran los naturalistas, imitación o recreación de la realidad, una ciencia, sino una realidad alternativa, y el anime/ manga ha originado toda una estética perceptible, en primer lugar, en la literatura japonesa contemporánea (Tsutsui, Tanizaki, Murakami, Yoshimoto); en segundo, en las modas y hasta en los cortes de pelo, tanto de asiáticos como de occidentales. Las pasarelas europeas evocan cada vez más a Sailor moon y a Sakura, por ejemplo. Antes se decía que los japoneses se estaban “occidentalizando”. Ahora son los chinos quienes pasan por ese proceso –doloroso- debido a cuestiones de orden económico, mientras que Occidente se “japoniza” cada vez más.
Los japoneses han conquistado el mundo, emotivamente hablando, particularmente el de niños y jóvenes. Echando un vistazo a facebook, notarán cómo los más jóvenes –de entre 14 y 25 años- usurpan sus nombres reales con los de sus personajes favoritos de anime. Abundan las Sakuras (el nombre de mayor rating), las Misas, las Hinatas, las Doremis… los Takeshis, los Narutos, los Sasukes. Algunos, incluso, escriben sus verdaderos nombres con caracteres japoneses. Entre los amigos facebookianos de mi hija mayor, descubrí algo en verdad enternecedor: niñitas con la cabeza cubierta, supongo que musulmanas, empleando nombres de heroínas de animes. Su religión les prohíbe emplear imágenes –íconos- pero al parecer no dice nada sobre jugar a llamarse como una heroína romántica de otra cultura.
Naturalmente, aunque varias de estas series se ambientan en naciones extranjeras que los creadores parecen conocer muy bien –lejos quedó la época de los cartones gringos de Hanna Barbera que recurrían a los más burdos estereotipos del mexicano y el chinito-, están habladas en japonés, con personajes que piensan y se mueven como japoneses, incluso, visten y peinan como tales y emplean sus técnicas de pelea, lo que crea la impresión de un mundo neutro en el que todo cabe. Desde sus inicios, los animes –que no los manga- se caracterizaron por sus personajes de rasgos occidentales que percibiríamos como una fascinación estética. En todo caso, sin embargo, se trata asimismo de una fascinación cultural y la simbología religiosa propia del catolicismo, el protestantismo y el judaísmo –que son expuestas como antagónicas- son cada vez más socorridos, como en Evangelion, Trinity blood y Hellsing.
Hay que tomar en cuenta, sin embargo, que estamos ante un arte mucho más antiguo de lo que se cree, que no tuvo su origen en la televisión de los años setenta (los primeros animes llegaron a México con veinte años de atraso), ni siquiera en la imprenta, sino en una manifestación de arte popular japonés llamada Ukiyo-e que tuvo su auge en el siglo XVII. Esta manifestación más próxima al llamado hentai (“pornografía” manga, si bien el término resulta equívoco) narraba historias llenas de humor y erotismo que contribuían a paliar las penalidades del pueblo oprimido por un régimen feudal. El primero en emplear el término “manga”, fue Hokusai Katsushika (1760-1849) y significa algo así como “dibujos involuntarios”. Según los estudiosos, tuvo mucho que ver el contacto de este artista con el mundo occidental que llegó a fascinarlo. Fue sin embargo hasta los años 20 del siglo XX que surgió la primera historieta de distribución masiva titulada Ogo Bat, cuyo protagonista era un semi dios que combatía las fuerzas maléficas.
Durante la Segunda Guerra Mundial, fue inevitable que los mangas asimilaran la atmósfera bélica, aunque una vez derrotados los japoneses y forzados a pactar con el enemigo tras el espanto de Hiroshima –que habría de impactar asimismo al arte manga, hasta la fecha-, los estadounidenses impusieron una serie de restricciones para que la producción cultural japonesa encontrara nicho en Occidente. Para empezar, no se podía hacer referencia alguna al Japón feudal, ni a los aspectos más regionalistas y/o folkloristas de su modus vivendi. Esa pudo ser la razón por la que Ozamu Tezuka, creador de Astroboy y La princesa caballero, y mejor conocido como “el dios del Manga”, trastocó el rasgo más distintivo de la fisonomía de los nipones y les implantó los hoy emblemáticos ojos enormes y redondos. No descarto, por supuesto, que estas fisonomías tan singulares (cuerpos esbeltísimos y alargados; piernas kilométricas, narices casi invisibles) obedezcan a algún capricho estético, o cierto complejo de inferioridad con respecto a los occidentales, cuyos estereotipos de belleza rigen –o regían hasta hace muy poco- el canon universal. Reproduzco lo que dice este personaje de Natsume Soseki en la novela Sanshiro:
-Nosotros los japoneses construimos una triste visión a su lado –dijo el hombre-. Podremos ganar a los rusos y llegar a ser una gran potencia, pero eso no cambia nada. Seguimos teniendo las mismas caras, los mismos enclenques cuerpecillos. Solo hay que mirar a las casas donde vivimos y los jardines que construimos a su alrededor: son exactamente lo que se esperaría de caras como estas… Oh sí (…) No ha visto nunca el monte Fuji. Pasaremos junto a él dentro de poco. Es lo mejor que tiene Japón, lo único de lo que podemos presumir, de hecho. El problema es, claro, que se trata de un monumento natural. Ha estado plantado ahí siempre. Está claro que nosotros no lo construimos.
Cuando inicié la aventura de escribir Sho-shan y la dama oscura – y cuando digo aventura lo digo literal y no metafóricamente- no me proponía otra cosa que escribir un thriller juvenil. La empecé, de hecho, por encargo: una editorial española me contactó para solicitarme “una novela de terror para jóvenes”. Justo en ese momento incubaba una historia de cuyo desarrollo solo me quedaba claro un detalle: imitar la dinámica de los animes. Partía de un asunto familiar que me tocaba de forma profunda y sobre la que necesitaba escribir algo más que apuntes en un Diario. El tema de la marginación de niños con “capacidades diferentes” –Síndrome de Asperger, en el caso de la heroína de mi novela- solo tiene dos caminos claros: un libro testimonial de autoayuda o una novela lacrimógena con “mensaje”, y ambas alternativas me resultan odiosas. Pensé, por supuesto, en el Premio Nóbel de Literatura Japonés, Kenzaburo Oé, que engendró un hijo con retraso mental, por lo que no es casual que en muchas de sus novelas aparezca un personaje de esas características. El nacimiento de este hijo “especial” en 1963, señalan los críticos, coinciden con la escritura de sus más grandes obras maestras Un asunto personal y El grito silencioso, entre otras. Él supo darle a esta temática un vuelco admirable, entre fantástico, patético y terrorífico, sin renunciar del todo a la ternura y a la compasión.
Volviendo a lo del encargo: “una novela de terror para jóvenes” debía poseer ingredientes muy particulares, y se me ocurrió involucrar a mi hija mayor, que es lo que llaman “otaku” (aficionada religiosa al manga y al anime), quien en cierto modo, por su vocación artística, pertenece, como su hermana, al mundo de los raros. Fue ella quien me hizo ver que las “capacidades diferentes” de su hermanita, trasladadas a un manga, podrían convertirse literalmente en “súper poderes”. La novela la terminé con gran satisfacción, en el tiempo estipulado, pero terminé retirándola pues los editores exigían recortar lo del asunto del Asperger para que cupieran “los monitos” (que no saldrían por cierto del lápiz de mi hija, como sí ocurrió en la edición definitiva).
Mi contacto con los mangas y los animes no era nuevo puesto que había compartido la precoz afición de mi hija mayor cuyas primeras palabras no fueron “mamá” y “papá” sino “Goku” “Gohan” y “Bulma”. Tales series, máxime las más recientes, tienen elementos de una violencia extrema que, considero, nada son comparado con el horror cotidiano que vivimos los mexicanos, que a diario escuchamos un recuento de decapitados en los noticiarios. Las “caricaturas japonesas” son, sin embargo, el demonio a vencer para beatos, fanáticos religiosos y nacionalistas de petate, que viven en un mundo todavía más ignoto e irreal que el de mi hija y los muchachos de su generación. Caso emblemático del racismo de los medios, producto acaso de la ignorancia más que del rechazo hacia el “otro”, son los comentarios sarcásticos a raíz de las declaraciones de la nueva primera dama de Japón, Miyuki Hatoyama, que habló de sus sueños de viajar a Venus y de vidas paralelas a esta con la naturalidad con que lo haría cualquier nipón… y esto lo sabrían los criticones si alguna vez hubieran leído a Murakami, a Yoshimoto o a Kenzaburo Oé. El escritor Juan Villoro salió en su defensa- el único, hasta donde sé- y su extraordinaria disertación alude directamente al tema que me ocupa, que más que el de los mangas y los animes, es “la Otredad”:
El socialdemócrata Hatoyama tiene una conducta poco ortodoxa para los cánones del país del crisantemo. En ocasiones usa traje verde. Como los demás políticos se visten de azul o gris, el nuevo dignatario parece hecho de kriptonita. Tampoco le gusta peinarse y a veces llega con la cabeza al estilo tifón. Los japoneses han votado por el cambio. Tendrán un primer ministro de aspecto heterodoxo y mayor compromiso social. Por desgracia, en otras latitudes su esposa ha sido vista como una chiflada (…) Las declaraciones de Miyuki no son muy distintas a las que podría hacer una primera dama de España o América Latina que hubiera presenciado una aparición de la Virgen. Cada entorno tiene símbolos que producen ilusiones. ¿Juzgaríamos vergonzoso que una mujer educada en la fe cristiana viera de pronto a la madre de Jesús? Japón tiene un rico trato con los espectros. En 1185 el poeta Fujiwara no Teika escribió "Cinco poemas sobre cosas inciertas". Uno de ellos se refiere a los fantasmas. Ahí afirma que los aparecidos tienen más realidad que los sueños: "Así es el mundo: qué inasible y efímero lo que oímos y vemos". El gusto por lo que no se ve dio lugar a la obra maestra de Junichiro Tanizaki, Elogio de la sombra. El arte de Japón depende del simulacro, el reflejo, el enigma, la garza oculta tras la nube (…) En Japón no es posible oír la llegada de los fantasmas porque ya están ahí. Miyuki proviene de un entorno donde hablar de apariciones no causa mayor alarma. La extraordinaria cultura pop japonesa ha educado a varias generaciones para que crean en alienígenas y abducciones. A través del manga, el animé, los juegos de PlayStation y las series de televisión, la isla de la ultratecnología ha creado al gato cósmico Doraemon, el robot que salva al mundo luego de una hecatombe nuclear (Astroboy), la travesía interplanetaria en la que el protagonista busca cambiar de cuerpo (Galaxy Express 999), la enciclopedia de las mascotas mutantes (Pokémon), la chica superpoderosa y sideral (Señorita Cometa) (…) Sobreexpuesta a los estímulos de las pantallas y las fantasías del manga, la mente japonesa ha sido estudiada por expertos de Mitsubishi con el siguiente resultado: los aficionados a los cómics y los dibujos animados son espléndidos diseñadores de tecnología (…) En el arte japonés la realidad adquiere fantasmagoría. La película Rashomon, de Akira Kurosawa, se basa en dos cuentos de Ryunosuke Akutagawa en los que un mismo suceso se cuenta de distintos modos hasta convertirse en una ilusión. Incluso un escritor occidentalizado como Murakami es fiel a la tradición de las apariciones (…) ¡Viva Japón! ¡Vivan los mundos paralelos! ¡Viva la Señorita Cometa!
Este genial comentario de Villoro me facilita expresar lo que sería, pues, el “realismo mángiko”. Mientras que el “realismo mágico” o lo “real maravilloso” es, a decir de Alejo Carpentier, “un reflejo o interpretación de los varios elementos políticos, sociales, históricos y racionales que constituyen la realidad latinoamericana”, el “realismo mángiko” tiene mucho más que ver con una fusión universal de mitos y es una expresión más generacional que continental. El “realismo mángiko” no aglutina los códigos interpretativos de la realidad latinoamericana, sino que confronta estos con los de otro mundo que nos asusta tanto como nos fascina: la cultura japonesa. El tema central, pues, son las divergencias interculturales y la alegoría de las mismas a través el planteamiento de otro tipo de diferencias. La intención no es ya describir una realidad nacional o continental, sino globalizada –más que universal- e, insisto, generacional. Y presiento que nada seduce más a los jóvenes del mundo entero que los mangas y los animes, cuyas referencias son casi del dominio público… aunque, lamentablemente, tan mal entendidas para una inmensa mayoría de adultos prejuiciados que sufren amnesia respecto a su infancia y adolescencia.
Se habla demasiado de “preservar la inocencia de nuestros niños”-confundiendo “inocencia” con “ignorancia”- y para que eso sea posible, programan Evangelion a las 12:00 am, en un canal cultural, pues ante semejante restricción los niños buenos, que a esa hora tendrían que estar dormidos, no se corromperán con la desnudez de Rai, hermosa, plástica e inocente imagen. Nos horroriza la posibilidad de que vean Hellsing y en cambio los dejamos empacharse con las Lolitas semidesnudas de RBD y otras telenovelas “juveniles” donde las adolescentes aprenden a ser seductoras mientras preservan el himen. Íntegra Hellsing y Victoria Seras me parecen mejores modelos de mujer para mis hijas que Anahí, Belinda & Cía. Gohan y Naruto se acercan más al hombre ideal que Luis Miguel, Jorge Salinas, Cuauhtémoc Blanco y otros machos por el estilo. Adoro que aprendan a distinguir a un sacerdote fanatizado e hipócrita y se sientan más identificadas con el vampiro que le da su merecido y no tiene empacho en aceptar como jefa a una mujer brillante, además de facilitarle la emancipación a su única subordinada.
En el fondo, sin embargo, lo que yo llamo “realismo mángiko” persigue la misma finalidad del “realismo mágico”, si atendemos a lo dicho por el propio Gabriel García Márquez, pues a fin de cuentas, como bien dice Junichiro Tanizaki, la diferencia entre los fantasmas japoneses y los occidentales es que estos sí tienen pies: “Yo creo que particularmente en Cien años de soledad, soy un escritor realista, porque creo que en América Latina todo es posible, todo es real. Es un problema técnico en la medida en que el escritor tiene dificultad para transcribir los acontecimientos que son reales en América Latina porque en un libro no se creerían (…) Vivimos rodeados de cosas extraordinarias y fantásticas.”
La ley de Sho-shan
Tomado de M Semanal del periódico Milenio
Ilustración: Amy 012
Ilustración: Amy 012
Nota: la reseña forma parte de una interesante disertación de Norma Lazo titulada La Ley donde analiza cómo se le confronta a esta tratándose de defender las diferencias propias de las minorías o los derechos de cada uno sobre su propio ser. A una Ley que garantizara el bienestar y los derechos de tales individuos, pudiérase nombrarle "La ley de Sho-shan"
Sho-Shan y la dama oscura, nueva novela de Eve Gil, coloca a los personajes, sin que éstos lo sepan, frente el dilema de cumplir la ley o la Ley. La historia narra la vida de dos hermanas que tienen la fortuna, o el infortunio, según se vea, de crecer en el seno de una familia diferente. Lu, la pequeña, padece Síndrome de Asperger. Violeta, la mayor, vive en un pequeño Japón que su madre desmemoriada ha creado. La novela posee lo mejor de los buenos libros: momentos conmovedores que abren una puerta a la reflexión y una prosa fluida, transparente, que se concentra en contar bien una historia. Sho-Shan… está narrada en varios niveles y cada subtrama es fundamental para entender el conflicto medular que vive esta familia: la tragedia que significa una muerte.
Si bien el libro atrapa desde la primera página y no se puede soltar hasta saber qué es lo que sucede en ese universo en el que los dibujos de manga y la realidad se confunden, lo más atractivo es el discurrir latente sobre la Ley y la ley sin caer en un discurso panfletario, sentimentalón o moral. Dagmar Obscura, la madre de las niñas sui generis, parece abstraída en un mundo propio. Se mantiene ajena a las discusiones ordinarias de madres sosas que se sienten satisfechas intrigando en perjuicio de un par de niñas inocentes o agradecidas por tener hijos ñoños e insufribles que marchan obedientes por el camino más concurrido, que no por ello el mejor. Por el contrario, Dagmar aviva un espacio de fantasía y creatividad en el que sus hijas pueden intuir, sin haber escuchado una sola frase aleccionadora o cargada de superioridad moral, qué es aquello que la Ley demanda.
Una de las raíces más fuertes de la novela, en mi subjetiva lectura —¿hay otra?—, es sin duda el poder que la ficción tiene para fabular aquello que nos atañe, hiere y lastima. La vida es dura y tiene como fin la nada. Por eso el arte y la literatura dotan de sentido al dolor y al sufrimiento —sin manipulaciones religiosas— y permiten ver de frente la tragedia sin que ésta logre convertirnos en piedra. La singular familia de Sho-Shan sabe de la tragedia: la madre desmemoriada fue prácticamente destrozada en la Plaza Tiananmen en 1989 mientras formaba parte de las protestas estudiantiles. La pequeña Lu, sin saber medir sus poderes, asfixia a su amiguito Toto mientras intenta defenderlo de un demonio que lo acecha. Violeta, la narradora, tuvo que crecer con el mote de Hija de lechero chino por sus marcados rasgos asiáticos a pesar de apellidarse Monsalve. Todas ellas sufren la discriminación y la violencia que la ley permite y, con todo, las tres saben que la Ley es la que manda. La familia Monsalve vive en medio de una sociedad que los tilda de anormales y perjudiciales, que es la misma sociedad que cree que normar conductas es el camino a la seguridad social y el progreso, lo cual ha resultado ser más dañino que benéfico… pero eso es otro texto.
Sho-shan… nos introduce en una historia en la que lo que menos importa es dilucidar si lo narrado es realidad o ficción, si estamos ante la historia de las hermanas Monsalve o si ya entramos a la región del manga en la que Murasaki y Cho tienen superpoderes. Tampoco importa el vértigo que provoca la lectura porque ardemos en deseos de saber qué sucederá a la página siguiente. Lo más relevante de la nueva novela de Eve Gil es sin duda la forma lúdica, conmovedora y nada escrupulosa con la que se puede fabular los entresijos entre la Ley y la ley.
*Norma Lazo, narradora y ensayista, autora, entre otros libros, de la novela ganadora del Premio Fuentes Mares 2008 El amor es un triángulo equilatero (Cal y Arena 2007). Su más reciente obra es El dilema de Houdini (Mondadori, 2009)
La inquietante ficción de lo real
Por: Carolina González Alvarado
Originalmente publicado en Semanario Ocho-80 de la Universidad Iberoamericana
Originalmente publicado en Semanario Ocho-80 de la Universidad Iberoamericana
¿Alguna vez te has despertado con la extraña sensación de que habitas en un sueño, o bien, que las vivencias oníricas experimentadas hace unos momentos eran más reales que el amenazante despertador sobre la mesita de noche? Son precisamente estos instantes, breves más no por ello menos intensos, en los cuales la realidad –o al menos eso a lo que nos aferramos en llamar de ese modo– parece descolocada, fuera de lugar, en los que la obra Sho-shan y la dama oscura de Eve Gil, se articula.
Enmarcada por un escenario citadino y actual, la obra es narrada por la voz de una joven que traduce sus viejos dibujos en palabras, en un testimonio que no se limita a realizar un recorrido lineal por el pasado sino que habita un espacio donde la imaginación es capaz de crear situaciones en las que, incluso, los individuos más normales podrían vivir los sucesos más extraordinarios.
Esta novela introduce al lector en un fascinante universo donde todo se convierte en una acuarela colorida y luminosa pues el espacio de lo cotidiano se transforma y la imaginación, el juego, aquello que podría ser una forma de evasión, en realidad es una estrageia para enfrentar la realidad y lograr entenderla.
Haciendo referencia a personajes del imaginario del anime japonés así como al pensamiento y la idiosincrasia mexicana, la novela sobrepone planos de la realidad hasta fundirlos en un tipo de escritura que introduce al lector en un juego cuyas reglas son las que ofrece el inquietante más placentero vértigo de la lectura.
La escritura de Eve Gil, como la imaginación, produce lo que no está, lo que no es palpable, lo que escapa a lo tangile. Aquello que se desliza por nuestra mirada pero que, como una gota de lluvia a través del cristal de una ventana, hace presente lo imposible y lo vuelve real. La escritura de esta autora produce experiencia, crea voces, pasos, atmósferas y texturas. Espacios que no se ven pero que existen y son presencia, trazo, pintura, voz hecha imagen. Sho-shan y la dama oscura expone pinturas coloridas, dinámicas, cómicas a veces que, al estilo de las caricaturas japonesas, disfrazadas de simplicidad y gracia, presentan una forma de observar y comprender el mundo.
Con esta obra, Eve Gil Pues hace uso de los recursos de la ficción para construir una obra propositiva que consigue dislocar las nociones de realidad y simulada ensoñación para invitarnos a formar parte de ese espacio donde lo más extraordinario, aunque sea impresionante, puede ser lo más agradable.
Mariposas revoloteando sobre pliegos de papel arroz
Por: Isaí Moreno
Cierta ley literaria no escrita reza que la literatura de un autor es consecuencia natural de obras antecedentes, influencias, o se asume como continuidad de una tradición artística, iniciada por lo común por los maestros. En ocasiones, el destino coloca ante nuestras manos ejemplares de textos rara avis que no se someten a ese canon, o bien, proponen una variante nueva en el juego. Sho-Shan y la Dama Oscura (Suma, 2009) es una novela curiosa y extraña que irrumpe sin anuncio alguno en el panorama las letras hispanas. Jamás se había publicado libro semejante en América Latina que le precediera. Eve Gil, periodista y escritora que anteriormente ha exhibido sus dotes narrativas en el cuento (género en el que posee el Premio Efraín Huerta por Sueños de Lot) y en la novela de ficción especulativa Virtus, nos entrega esta ocasión su sexta novela, obra no exenta de su capacidad fabuladora. Por el contrario, a partir de su perfeccionamiento narrativo anterior, Gil va en busca de una literatura de más larga sumersión, dispuesta a bucear en aguas profundas.
Hay quienes otorgan valía a la novela de Eve Gil por el modo en que nos acerca a la cultura oriental. Sobraría mencionar a otros autores de América Latina que ya exploraron el Japón y la China en su obra, como consta en la narativa de Mario Bellatin, César Aira, Salvador Elizondo o Augusto Roa Bastos. Décadas atrás, Tablada popularizó en México el haikú y los caligramas, casi a la vez que Octavio Paz introdujo la literatura japonesa milenaria (se hizo milenaria en los años noventa) al traducir y comentar fragmentos del Makura no soshi (El libro de cabecera) de Sei Shonagon, mucho antes que Greenaway lo hiciera famoso. Sin embargo, Sho-shan… no tiene ese cometido: el de pintarnos panoramas de oriente con el fino pincel, o servirnos trozos de Japón y de China aderezados con salsa de soja entre las páginas que la conforman.
Ante todo, Eve Gil, evidente conocedora no sólo de la cultura japonesa, sino también de sus tradiciones narrativas, apuesta por una fusión genérica de dos géneros que nacidos en Japón: la novela y la narrativa del manga. La narrativa mangaka es conocida por su incorporación de imágenes, aunada a historias de índoles diversas, la mayoría de las veces complejas, y nadie duda de su origen nipón en el siglo XX. Pocos, sin embargo, saben que el género de la novela, como se le conoce actualmente, vio también su primera luz en Japón durante los días del glorioso período Heian, hace poco más de mil años, ante los pliegos de papel de arroz de la prodigiosa Murasaki Shikibu. El experimento de Eve Gil es mucho más meritorio en ese sentido: inicia con la búsqueda de lo literario en sí, a la vez que reúne con sutileza dos géneros nipones que representan lo clásico antiguo y lo moderno pop. El resultado es un artefacto artístico que ha venido a pelear por su sitio en la literatura de habla hispana (aun siendo, por todo lo mencionando arriba, una novela muy japonesa). ¿No es esto mucho mejor que el optar por ofrecernos un fajo de tarjetas postales de Oriente?
En colaboración con ‘Murasaki Fujita’, quien aporta al libro excelentes ilustraciones manga, Eve Gil consiguió un ensamble de literatura a la que dio en llamar realismo mángiko, para aludir que su obra bordea fronteras, tanto literarias como de planos de realidad. Eve Gil debió percatarse de que la tentación de su experimento corría grandes riesgos. Uno de ellos era el de entregarse al ofrecimiento visual de su propuesta, o bien, su juego, y descuidar el arte de narrar. Por fortuna, Gil forzó su talento ficcionador y se concentró ante todo en ofrecernos una historia cargada de complejidad y presencia de personajes. Los mismos mangakas son conscientes de que su arte los obliga a saber narrar muy bien una historia, sólo ese hecho permitirá nombrar logro al resultado de sus esfuerzos. Contar historias con maestría es algo muy difícil.
La mangaka Violeta Monsalve, mejor conocida como Murasaki Fujita -joven y exitosa fabuladora mexicana de manga de tan sólo veintiún años-, tiene cierto día el impulso de remontarse diez años atrás en su vida para rescatar, en sus memorias de niña, el acontecimiento increíble que aún le estruja el alma y que diera origen a su popular personaje de manga Sho-Shan Z. Violeta quiere contarnos su propia historia, la de su hermana Lu y la de su enigmática madre, escritora presa de la amnesia. Esto hace de Sho-shan… testimonio a la vez que confesión.
Aplicada a su revisión del pasado, investigando en esa oscuridad sombría en la que se extravía el corazón de los padres -los suyos propios en la época a la que se remonta-, Murasaki revisa sus diarios de niña y sus mangas de aquellos días. Intenta entender la situación en la que se encontró su aún más joven hermana de cuatro años, pequeña hiperactiva con manifestaciones de autismo que un mal día da muerte a un niño de su propia edad. El síndrome de Asperger, ese que gobierna los hábitos de Lu, se distingue entre otras características por causar obsesión en quien lo padece, canaliza la atención de la mente en objetos particulares y la desconecta de todo lo demás. Así, un paciente de este mal puede obsesionarse por los dinosaurios, por los espejos, por algún color, etc. La fijación de Lu son las mariposas. Sin la presencia de mariposas, quienes la tranquilizan, la niña Lu, llamada Cho en casa, palabra que significa mariposa en japonés, tiene el impulso descontrolado por destruir todo lo que encuentra a su paso. No siempre hay mariposas en las cercanías… ¿Cómo afrontarán sus padres que debido a ese autismo, aunque hay un demonio implicado en el percance, un ser maligno que detesta los duraznos y al que sólo Lu y su hermana perciben, haya dado muerte a ese niño? ¿Cómo lo manejará la sensacionalista prensa mexicana? Violeta Monsalve se encargará de contárnoslo. Y eso es sólo el principio de los conflictos.
La joven de once años necesita ayudar a sus padres ante el acoso de las autoridades y los medios, éstos últimos empecinados en mostrar que la madre de Violeta y Cho, Dagmar, es una irresponsable, ante todo por permitir a las niñas el acceso a las violentas historietas ilustradas de manga y anime. Más aún, con gala de amarillismo, la prensa asegura que esa madre metida en problemas es una terrorista indocumentada de la China de los años ochenta, prófuga en México. A partir de ello, atando cabos por acá y por allá, Violeta Monsalve (alias Murakami) empieza a sospechar que su padre no es su progenitor... Llegados a este punto, la novela Sho-Shan… ya ha generado muchas expectativas y tiene planteados conflictos intrigantes. Eve Gil resuelve esos problemas, ata cada cabo para evitar su soltura y nos planta, por añadidura, ante el problema de la identidad de su personaje, para entonces entrañable. ¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, debe preguntarse la azorada Violeta.
Las tradiciones del lejano Oriente otorgan un significado especial a las mariposas. Recordemos el cuento chino de Zhuangzi y la mariposa, homenajeado después por numerosos maestros, entre ellos Salvador Elizondo. Las mariposas son el nexo entre dos realidades igual de desafiantes: la del mundo perceptible y la del sueño. Eve Gil es una fabuladora de sueños, en su novela éstos son conductos invisibles a otra realidad insospechada: la del anime. El trío de Violeta, Lu y Dagmar, sin saberlo forma parte del anime. El mundo real, el incuestionable, en el que se revela la verdad de las cosas, es el del anime. Las mariposas conectan realidades. Textos diversos orientales y occidentales, analistas de sueños y videntes relacionan el aleteo de tales insectos lepidópteros con augurios y presagios. ¿Son mensajeras? Sí. Y emisarias. Y guías. Eve acierta al asociar a Lu, habitante autista de un mundo de ensueño, con la fascinación por las mariposas. Cho. Mariposa. La autora juega al sueño, al sueño dentro del sueño, y hace que recordar la pregunta del poeta Volgelweide: ¿He soñado mi vida o fue un sueño? Del sueño, que es mecanismo de transporte, la narradora nos vuelve a pasear por la realidad del manga y de ahí nos devuelve a la realidad, a la historia cruel de la madre de Murasaki Fujita en la plaza de Tiananmenn, en la que, por obra de los acontecimientos azarosos, se bifurcaron caminos. De uno proviene Lu. Del otro, Violeta.
Escritura y manga sirven a Violeta Monsalve como mecanismo de investigación y autoconocimiento, por no decir de revelaciones. En resumen, Sho-shan… es una historia de personajes por cuyas venas corre sangre humana, y a cuyo alrededor revolotean mariposas de palabras bellas. Novela creíble y viva, la de Eve Gil es un logro mángiko, en otra palabras, un logro narrativo.
Integra Hellsing da cátedra sobre la novela "Sho-shan y la dama oscura" (fugaz aparición de "Cho")
Cortesía: Judith Castañeda
¿Y por qué el disfraz?
Por: Eve Gil
Desde antes que mi novela "Sho-shan & la dama oscura" saliera al mercado, yo ya había comentado con Murasaki Fujita, la ilustradora (e hija de quien esto escribe) que la presentación GRANDE tenía que ser una fiesta Cosplay, es decir, una fiesta de disfraces de personajes manga y anime. Debo decir que la idea surgió luego de que la acompañé a una de estas maravillosas locuras, en la que niños y adultos -eso fue lo más sorprendente: ¡adultos!- toman por asalto la identidad del personaje de sus afectos. Pese a que yo no fui disfrazada pues me consideraba una "señora respetable, madre de familia, ¿cómo creen? y bla bla", el hecho de acudir en plan de acompañante del Gran Sayamán (Gohan de Dragon Ball) me convirtió por default en MILK -que así se llama la mamá del susodicho y esposa de Gokú-o al menos así se referían a mí los chiquillos que rondaban a mi cría. Chin, de haber sabido, aunque sea un chonguito me hago y me consigo un quimono de Shangai (muy fáciles de conseguir en el Barrio Chino, muy distintos a los japoneses, sobre todo mucho más baratos, especie de batas de dormir y cerrados del cuello) Le dije entonces a Murasaki: a la próxima me disfrazo de la mamá del personaje que elijas, ¿vale?Pues bien: originalmente pensaba que la fiestecita COSPLAY que serviría de marco a la presentación de "Sho-shan", primera novela de "realismo mángiko" en el mundo, sería exclusivamente para los invitados; que los presentadores, adultos y profesores respetables, acudiríamos correctamente vestidos y se leerían las parrafadas de rigor en que se pondera la novela. Pero un día amanecí con la idea de que TAMBIÉN los presentadores habrían de integrarse al ambiente COSPLAY y jugar un poco con el público a no ser ellos mismos. Huelga mencionar que los presentadores que originalmente tenía contemplados para el show -salvo uno que se disculpó amablemente vía mail- ni siquiera respondieron al mail donde se los sugería. No puedo decir que me quedé sola en el mundo pues tengo bastantes amigos teatreros (en el sentido literal del término) y uno de ellos de inmediato aceptó sumarse al juego...porque se trata de eso, de jugar, de ser niños con intelecto adulto.Creánme que disfrazarse no es cualquier cosa: es un arte. Esto se lo aprendí a mi hija, como le aprendí que el manga es un arte que se practica desde el siglo XVII y despertó mi curiosidad y posteriormente mi imaginación. No es nada más envolverse en trapos.... teñirse o pararse los cabellos. Es un acto de creatividad, me atrevería a afirmar, equiparable al de escribir, actuar, danzar. No cambia solo el atuendo cotidiano, TIENE que cambiar lo que va debajo. Es performance, una necesidad inherente al ser humano de poner en práctica sueños e ideas que el sistema educativo se encarga muchas veces de frustrar (ahora mismo, aunque no viene al caso, mantengo un pleito sin cuartel con el profesor de Historia de Murasaki, precisamente uno de esos a quienes le coartaron la imaginación para que hicieran lo mismo con otros). ¿Por qué creen que nuestros ancestros, y todavía al interior de algunas tribus de África y Oceania, adornaban sus cuellos y orejas y se tatuaban y transformaban radicalmente su apariencia con lo que tuvieran a mano? Cuando Murasaki se disfraza del Gran Sayamán, es el Gran Sayamán y como tal actúa y así la percibo. Uno de los mejores momentos de mi vida como madre y artista ha sido contemplar la paulatina transformación de mi hija que convirtió un montón de trapos en el inconfundible atuendo de su héroe favorito, ¡kame-kame-ha!Les pregunto: ¿consideran justo convocar a una PRESENTACIÓN COSPLAY, llena de jovencitos de colores, ansiosos de jugar y poner en práctica sus "súper poderes", condicionándolos a "chutarse" una hora de discursos por parte de cuatro escritores de apariencia perfectamente ortodoxa. Pienso que no. Y lo pienso, entre otras cosas, porque hace mucho dejé de asistir a las presentaciones de libros, a menos que sea en calidad de ponente -la palabra "no" escasea en mi vocabulario tratándose de mis amigos- porque en el fondo soy tan niña e inquieta como mi hija quinceañera y me aburro mortalmente... a menos que sean Carlos Monsiváis, Juan Villoro, Alberto Ruy Sánchez, René Avilés Fabila, Carmen Boullosa, o algunos de los pocos que cautivan público con apenas abrir la boca. Pero aún estos escritores carismáticos impacientarían a un grupo de chiquillos que quieren echar relajo... dejar de ser Juan para converirse en Naruto... olvidarse de que su mamá no la comprende para volverse Sakura. Decidí que los disfraces de los ponentes pertenecieran a animes conocidos porque los personajes de mi novela no serían reconocibles, todavía no, y eso también puede ser contraproducente. Así entonces, me propuse que tanto la autora (yo) como mis presentadores, eligieramos un personaje, digamos, del "dominio público" para, a partir de la presencia de ellos, atrapar a los potenciales lectores de la novela. Mientras se tomaban estas "capitales" decisiones entre Murasaki y yo, le dije que no tenía claro qué disfraz usar, en primer lugar porque ella eligió a un personaje huérfano de madre para la ocasión, en segunda porque yo pertenezco a la generación Princesa Caballero-Heidi-Astroboy-Sandy Belle, y aunque está muy bien sacar al niño interior de vez en cuando, ninguno de estos iba con mi edad ni con mi personalidad. La que me encantó de entrada fue la Cardenala de Trinity Blood, un mujerón como me gustan...y además un mujerón por ahora imposible pues no existen aún las cardenalas, no en la Iglesia Católica, ni tienen ni para cuando. Mi esposo sugirió que para disfrazarme de Caterina Sforza le pidiera prestados sus trapos a Norberto Rivera y en seguida pasé a otra cosa.
Por aquel entonces empezamos a ver los OVAS de Hellsing, que desde las primeras escenas me dejó estupefacta. I´m sorry, tengo debilidad, lo que se dice debilidad -no encuentro las malditas cursivas- por los vampiros desde los 14 años, tras leerme "Drácula", agarré la costumbre de dormir con la ventana abierta -que por supuesto abandoné al poco tiempo-, esperanzada en que llegara volando para chuparme la sangre, aunque recientemente perdieron su encanto para pasar a convertirse en los príncipes azules del siglo XXI (aunque me parece bien que los vampiros hayan desplazado a Luis Miguel y otros principitos nada recomendables). Pero desde la primera escena de Hellsing... esa niñita de nombre extraordinario -Íntegra- huyendo de un tío que, pistola en mano, y con el cadáver del padre de aquella tibio aún, pretende matarla para quedarse con la fabulosa herencia de los Hellsing, descendientes del célebre personaje de Drácula que le clavó la estaca en el pecho... y luego como el mismo vampiro que dormía su "sueño eterno" en las catacumbas del castillo despierta al ser alcanzado por la "sangre dulce" de la pequeña Íntegra quien acaba de recibir un balazo en el hombro...más aún, cuando vi a Integra adulta, como todo un caballero, a la usanza de una George Sand o una Natalie Barney...¡Marlene Dietrich!, otra clase de personajes que siempre me han cautivado: ¡Esa!, le dije a la Murasaki. Las mujeres de sexualidad ambigua, capaces de combinar una corbata con una cabellera de princesa; de ser "jefas" y a un tiempo dirigir una que otra mirada languida, me han obsesionado desde siempreComo escritora que soy, como cuando niña, hay ciertas historias que desenfrenan mi imaginación y Hellsing es una de ellas. Arucard, el vampiro, que es en realidad Drácula (y Vlad Tepes) transformado por la sangre dulce de una niña a la que entrena y enseña no solo a cuidarse sola, sino a mandarlo a él para combatir al mal, personificado en vampiros virtuales y -¡lo mejor!- una Iglesia Católica misógina que no quiere saber otra forma de hacer las cosas que no sea la suya, me parece sencillamente encantador... por no mencionar a su comparsa, Seras Victoria, la joven y tierna policía a la que Arucard, paradójicamente, le salva la vida... matándola (algo bastante complejo de explicar, lo sé)El caso, pues, es que esa es la razón por la que Sho-shan & la dama oscura será presentada por personajes de anime y no por escritores ni por actores, porque quienes han aceptado mi reto han aceptado asimismo renunciar a sus identidades para asumirse "Arucard", "Victoria" o "L". Eve Gil no acudirá a presentar su libro, no por grosería o por que se le haya atravesado algo de gravedad en el camino, o porque se le hayan subido los humos, sino porque prefiere que Integra Hellsing lo haga por ella. Esta, también, creo que es una forma sutil de gritarle al mundo de la oficialidad: ¡BASTA DE SOLEMNIDAD! ¡DE HACER DE LA CULTURA UNA MISA LAICA! ¿Realmente les interesa formar lectores?, empecemos por tenderles un cebo a quienes potencialmente lo son: que no digan, "ay qué flojera, una presentación de libro", sino que acudan a divertirse y a descubrir que los autores de esos libros son tan divertidos como sin duda lo son las obras que producen. Sería un sueño hecho realidad no solo inaugurar un mini género literario como el "realismo mángiko", sino una nueva forma de invitar a la gente, particularmente a los jóvenes, a que le pierdan el miedo a los libros y vean en la lectura un juego delicioso (lo que es, a fin de cuenta)Por cierto: una nueva encuesta de esas que siempre arroja cifras terriblemente desalentadoras, de las que surgió esa frasesita que no se nos despega de la lengua: "En México se lee medio libro al año por cabeza", ha presentado una variación harto interesante en sus estadísticas: la mayor cantidad de lectores en México, un 45%, se encuentra entre los jóvenes de 15 a 24 años. Esos jóvenes a los que todo el tiempo estamos molestando porque escriben con signos raros o se peinan como emos, o les gustan "esas caricaturas satánicas", leen más que quienes los critican y agobian con moralinas sin sentido.¿Acaso no vale la pena alterar el esquema de las presentaciones de libros en honor a ellos? ¿De los que realmente pueden cambiar este país con un ingrediente del que carecen -entre muchos otros- quienes nos gobiernan y se llama IMAGINACIÓN?
Miroku y Sho-shan
Por: Luis Mario Moncada (en su personificación de Miroku en la presentación COSPLAY de Sho-shan y la dama oscura)
En la foto, Luis Mario y la poeta Roxana Elvridge Thomas, personificada de SerasVictoria
Buenos días.
Más que por la autora, he venido aquí por la pequeña Cho, pero antes de hablar de eso quiero presentarme para quien no me conozca. Ya dijeron que soy el monje Miroku, es cierto, pero debo precisar que pertenezco a la orden vietnamita de los Bonzo, célebres por sus protestas pirotécnicas, aunque haya algunos cábulas mexicanos que me consideran más cercano a la corriente japonesa del budismo Shingón.
La primera coincidencia que me trae aquí es que, al igual que Cho por Dagmar Obscura, yo también he sido creado por una de las más importantes mangakas japonesas: Rumiko Takahashi, creadora, entre otras, de Ranma 1/2, pero sobre todo de InuYasha, que como ustedes saben cuenta la historia de un espíritu-demonio que anda a la búsqueda del Shikon no Tama o la “esfera de las cuatro almas”.
Yo a veces le ayudo porque mi especialidad es la de los exorcismos. Sin embargo, yo tengo mi propia historia qué seguir: una maldición familiar impuesta desde tiempos de mi abuelo Miatsu, que consiste en la aparición de un agujero negro en nuestra mano derecha que –a la vez que nos permite absorber cualquier cosa que nos amenaza–, nos provoca el riesgo de absorbernos a nosotros mismos, como le ocurrió a mi padre. Todo esto ha sido obra del demonio Naraku, quien para protegerse de mí se hace rodear de insectos venenosos, de tal forma que yo no pueda absorberlo con mi Kasaana (mi mano negra). Además de lo anterior, me recordarán seguro porque siempre toqueteo el trasero de las damas y porque busco desesperadamente procrear mas descendientes.
Pero no he venido aquí para contar mi historia, sino para explicar por qué deben interesarse en Sho-shan. Pues bien, hace muchos años, tantos que nadie ya lo recuerda –mi abuelo era un niño aún–, una noche de sueños se le apareció en la penumbra un bonzo, o el equivalente de lo que en aquel entonces eran esos “hombres más sabios del mundo”, como los llama Dama Obscura, y le advirtió que tuviese cuidado con una bestia negra que le respiraba en el cuello. Pero al despertar mi abuelo olvidó la visita nocturna, y no fue hasta después de la maldición de la Kasaana que reparó, demasiado tarde, en la advertencia del monje.
De la misma forma, podemos decir, en el diario de Murasaki –narradora de esta historia–, páginas 41-43 de la edición mexicana Suma de letras, la mangaka advierte que una noche despertó de madrugada ante la presencia de un viejito ataviado con un hakama y un bo o báculo parecido al mío. La llamó por su nombre –Mulasaki– y le advirtió en los siguientes términos; “debes acumulal foltaleza, Mulasaki, de tu familia Cho sel la más flagil, como el locío suspendido en la luz de la mañana”… y desapareció.
En ese momento Murasaki no interpretó las palabras sabias del monje, y de hecho omitió comentarle a Dama de la visita nocturna, y fue así como las cosas pasaron sin que nadie pudiese evitarlo. Una tragedia, un accidente, un inidente más bien que tendrá su expliación, pero que sin duda ha traído sufrimiento a quienes estuvieron cerca de los sucesos.
Pues bien, es la visión de esos sueños la que nos conecta con esta historia. La maldad de Naraku, para mí, es la misma de Irazami, que se cierne sobre Murasaki y Cho. Pero no es sólo una maldad abstracta o un dolor efímero, como el del manga, sino la incomprensión que se reproduce en la sociedad. Tal como lo dice el Sensei de Murasaki: es el mal de una sociedad “carente de imaginación que no tolera lo diferente, tampoco lo impredecible, lo fuera de lugar… porque están cerrados como murallas a la voz interior”.
Es ese el punto que nos convoca; para conjurar los miedos. Todos en la vida real tenemos un nombre y un rol: pero aquí, con esto que para algunos es un disfraz, pero para nosotros, un salvoconducto, podemos hablar de aquello que allá afuera no nos atrevemos. Ese es el valor que este relato le transmite a las pequeñas Cho y Murasaki para que no tengan miedo de hablar de este mundo secreto, colorido que, asumámoslo, no es una evasión a un mundo podrido y sin rumbo, sino al contrario, la oportunidad de encontrar el sentido en el revés de la tela, la posibilidad de conectar mundos distantes que desde tiempos inmemoriales constituyen el ying y el yang de una realidad de la que solamente vemos la mitad.
Pero qué les voy a decir a ustedes, que son unos convencidos de esta afirmación; somos una cofradía de creyentes, pero apenas una minoría frente al abismo oscuro de la chata realidad. Es por eso que libros como éste de Sho-shan no sólo inauguran géneros, sino que se convierten en escalones para acceder a otro entendimiento de las cosas.
No es gratuito que en estas historias se invoquen conceptos éticos que vienen de filosofías milenarias, principios de comportamiento y, sobre todo, una misión en la vida para cad uno de los protagonistas, nosotros.
Seguramente todos hemos recibido la visita de algún monje en nuestros sueños; hay que hurgar en ese recuerdo borroso y rastrear ¿qué fue lo que nos dijeron? Seguramente allí hay un mensaje importante sobre el que sería bueno volver.
De la misma forma, Murasaki, hay que estar pendiente de las próximas visitas que recibirás en sueños; porque esta historia no ha terminado. Sho-shan es apenas un inicio, y tú lo sabes muy bien. Y como todo inicio, representa la primera parte de un reto y un peligro que tendrá múltiples formas, para lo cual conviene estar preparado.
Hay un puñado de monjes que, como yo, estaremos al pendiente de lo que se venga y acudiremos al llamado, siempre y cuando tengas abiertos tus seis sentidos.
Yo no sé, hablando de esta primera aventura de Sho-shan, si estamos ante una novela o ante una forma de ver las cosas; o habría que preguntarnos si una novela no es una forma de percibir la realidad, pero tal como se lo dije alguna vez a Dama Oscura, admiro la capacidad de ficcionar, de hacer crecer la tensión narrativa y sobre todo, de juntar agua y aceite para lograr una tercera ficción que confunde o sustancia fantasía y realidad.
Eso es lo que un monje como yo no diría, porque yo soy un hombre de acción que, además, sigo buscando una muchacha que me quiera dar un heredero. ¿Alguna de por aquí está disponible? Y ya con esto me despido porque los monjes budistas no somos de muchas palabras. A lo mucho aquel haikú que dice:
La penumbra crece
Entre los árboles
Hasta quedarse sola
Luis Mario Moncada Gil Egresado con mención honorífica de la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM, reparte su actividad entre la escritura dramatica, la actuación, la investigación y la gestión cultural.
Ha escrito y adaptado más de 25 obras, casi todas estrenadas; entre ellas James Joyce, Carta al artista adolescente (premio a la mejor adaptación teatral de 1994 por parte de la APT); Alicia detrás de la pantalla (nominada como mejor obra de autor nacional de 1995, por parte de la AMCT), Superhéroes de la aldea global (Compañía Nacional de Teatro, 1995); El color del cristal (1996), Las historias que se cuentan los hermanos siameses (1998), Adictos Anónimos (1999), Opción múltiple (1999, Premio a la mejor obra de autor nacional 2004 por la APT), La vida no vale nada (2001), que en 2003 realizó temporada en el Espace Libre de Montreal, Canadá; El diccionario sentimental (2003) y El motel de los destinos cruzados (2005).
Algunas de sus obras han sido traducidas al ingles, francés y alemán; ha aparecido en antologías de dramaturgia en Alenania y España, y realizado giras y presentaciones por Estados Unidos, Canadá, El Salvador, Colombia, Bolivia, Chile, Venezuela, Argentina, Portugal, Italia y España.
En el terreno audiovisual ha participado como guionista en proyectos para Radio Educación, Imevisión y Televisa; los últimos han sido Sexo y Otros Secretos (2007) y Los simuladores (2008). Ha concluido tres guiones de largometraje, entre ellos La vida no vale nada (mención de honor en el Concurso de Guiones del Festival Cine en Corto 2003).
Como actor ha participado en montajes como Los negros pájaros del adiós (premio a la revelación actoral de 1990 por parte de la AMCT), Exhivisión (1993), Habitación en blanco (1994) y Hans Quehans, las opiniones de un payaso (2000).
Ha colaborado con numerosas publicaciones especializadas en México y el extranjero; además fue fundador y director de la revista de investigación teatral Documenta-CITRU. Como investigador cabe mencionar sus trabajos Así pasan... Efemérides teatrales 1900-2000 (Escenología AC), Diccionario histórico del teatro en México (1900-1950, sin publicar), así como la antología de críticas teatrales de Jorge Ibargüengoitia reunidas en El libro de oro del teatro mexicano (Ed. el Milagro) y Versus Aristóteles, antología de ensayos en torno a la dramaturgia contemporánea (Anónimo Drama 2004).
Ha sido titular del Centro Nacional de Investigación Teatral "Rodolfo Usigli" (CITRU), de la Dirección de Teatro y Danza de la UNAM, coordinador del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y director del Centro Cultural Helénico.Entre las distinciones recibidas destaca el Premio Nacional de la juventud 1985 y la incorporación al Sistema Nacional de Creadores de Arte en 1999 y 2008.
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