Lectura Capítulo 1 "Sho-shan y la dama oscura

Miroku y Sho-shan



Por: Luis Mario Moncada (en su personificación de Miroku en la presentación COSPLAY de Sho-shan y la dama oscura)
En la foto, Luis Mario y la poeta Roxana Elvridge Thomas, personificada de SerasVictoria
Buenos días.
Más que por la autora, he venido aquí por la pequeña Cho, pero antes de hablar de eso quiero presentarme para quien no me conozca. Ya dijeron que soy el monje Miroku, es cierto, pero debo precisar que pertenezco a la orden vietnamita de los Bonzo, célebres por sus protestas pirotécnicas, aunque haya algunos cábulas mexicanos que me consideran más cercano a la corriente japonesa del budismo Shingón.
La primera coincidencia que me trae aquí es que, al igual que Cho por Dagmar Obscura, yo también he sido creado por una de las más importantes mangakas japonesas: Rumiko Takahashi, creadora, entre otras, de Ranma 1/2, pero sobre todo de InuYasha, que como ustedes saben cuenta la historia de un espíritu-demonio que anda a la búsqueda del Shikon no Tama o la “esfera de las cuatro almas”.
Yo a veces le ayudo porque mi especialidad es la de los exorcismos. Sin embargo, yo tengo mi propia historia qué seguir: una maldición familiar impuesta desde tiempos de mi abuelo Miatsu, que consiste en la aparición de un agujero negro en nuestra mano derecha que –a la vez que nos permite absorber cualquier cosa que nos amenaza–, nos provoca el riesgo de absorbernos a nosotros mismos, como le ocurrió a mi padre. Todo esto ha sido obra del demonio Naraku, quien para protegerse de mí se hace rodear de insectos venenosos, de tal forma que yo no pueda absorberlo con mi Kasaana (mi mano negra). Además de lo anterior, me recordarán seguro porque siempre toqueteo el trasero de las damas y porque busco desesperadamente procrear mas descendientes.
Pero no he venido aquí para contar mi historia, sino para explicar por qué deben interesarse en Sho-shan. Pues bien, hace muchos años, tantos que nadie ya lo recuerda –mi abuelo era un niño aún–, una noche de sueños se le apareció en la penumbra un bonzo, o el equivalente de lo que en aquel entonces eran esos “hombres más sabios del mundo”, como los llama Dama Obscura, y le advirtió que tuviese cuidado con una bestia negra que le respiraba en el cuello. Pero al despertar mi abuelo olvidó la visita nocturna, y no fue hasta después de la maldición de la Kasaana que reparó, demasiado tarde, en la advertencia del monje.
De la misma forma, podemos decir, en el diario de Murasaki –narradora de esta historia–, páginas 41-43 de la edición mexicana Suma de letras, la mangaka advierte que una noche despertó de madrugada ante la presencia de un viejito ataviado con un hakama y un bo o báculo parecido al mío. La llamó por su nombre –Mulasaki– y le advirtió en los siguientes términos; “debes acumulal foltaleza, Mulasaki, de tu familia Cho sel la más flagil, como el locío suspendido en la luz de la mañana”… y desapareció.
En ese momento Murasaki no interpretó las palabras sabias del monje, y de hecho omitió comentarle a Dama de la visita nocturna, y fue así como las cosas pasaron sin que nadie pudiese evitarlo. Una tragedia, un accidente, un inidente más bien que tendrá su expliación, pero que sin duda ha traído sufrimiento a quienes estuvieron cerca de los sucesos.
Pues bien, es la visión de esos sueños la que nos conecta con esta historia. La maldad de Naraku, para mí, es la misma de Irazami, que se cierne sobre Murasaki y Cho. Pero no es sólo una maldad abstracta o un dolor efímero, como el del manga, sino la incomprensión que se reproduce en la sociedad. Tal como lo dice el Sensei de Murasaki: es el mal de una sociedad “carente de imaginación que no tolera lo diferente, tampoco lo impredecible, lo fuera de lugar… porque están cerrados como murallas a la voz interior”.
Es ese el punto que nos convoca; para conjurar los miedos. Todos en la vida real tenemos un nombre y un rol: pero aquí, con esto que para algunos es un disfraz, pero para nosotros, un salvoconducto, podemos hablar de aquello que allá afuera no nos atrevemos. Ese es el valor que este relato le transmite a las pequeñas Cho y Murasaki para que no tengan miedo de hablar de este mundo secreto, colorido que, asumámoslo, no es una evasión a un mundo podrido y sin rumbo, sino al contrario, la oportunidad de encontrar el sentido en el revés de la tela, la posibilidad de conectar mundos distantes que desde tiempos inmemoriales constituyen el ying y el yang de una realidad de la que solamente vemos la mitad.
Pero qué les voy a decir a ustedes, que son unos convencidos de esta afirmación; somos una cofradía de creyentes, pero apenas una minoría frente al abismo oscuro de la chata realidad. Es por eso que libros como éste de Sho-shan no sólo inauguran géneros, sino que se convierten en escalones para acceder a otro entendimiento de las cosas.
No es gratuito que en estas historias se invoquen conceptos éticos que vienen de filosofías milenarias, principios de comportamiento y, sobre todo, una misión en la vida para cad uno de los protagonistas, nosotros.
Seguramente todos hemos recibido la visita de algún monje en nuestros sueños; hay que hurgar en ese recuerdo borroso y rastrear ¿qué fue lo que nos dijeron? Seguramente allí hay un mensaje importante sobre el que sería bueno volver.
De la misma forma, Murasaki, hay que estar pendiente de las próximas visitas que recibirás en sueños; porque esta historia no ha terminado. Sho-shan es apenas un inicio, y tú lo sabes muy bien. Y como todo inicio, representa la primera parte de un reto y un peligro que tendrá múltiples formas, para lo cual conviene estar preparado.
Hay un puñado de monjes que, como yo, estaremos al pendiente de lo que se venga y acudiremos al llamado, siempre y cuando tengas abiertos tus seis sentidos.
Yo no sé, hablando de esta primera aventura de Sho-shan, si estamos ante una novela o ante una forma de ver las cosas; o habría que preguntarnos si una novela no es una forma de percibir la realidad, pero tal como se lo dije alguna vez a Dama Oscura, admiro la capacidad de ficcionar, de hacer crecer la tensión narrativa y sobre todo, de juntar agua y aceite para lograr una tercera ficción que confunde o sustancia fantasía y realidad.
Eso es lo que un monje como yo no diría, porque yo soy un hombre de acción que, además, sigo buscando una muchacha que me quiera dar un heredero. ¿Alguna de por aquí está disponible? Y ya con esto me despido porque los monjes budistas no somos de muchas palabras. A lo mucho aquel haikú que dice:

La penumbra crece
Entre los árboles
Hasta quedarse sola


Luis Mario Moncada Gil Egresado con mención honorífica de la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM, reparte su actividad entre la escritura dramatica, la actuación, la investigación y la gestión cultural.
Ha escrito y adaptado más de 25 obras, casi todas estrenadas; entre ellas James Joyce, Carta al artista adolescente (premio a la mejor adaptación teatral de 1994 por parte de la APT); Alicia detrás de la pantalla (nominada como mejor obra de autor nacional de 1995, por parte de la AMCT), Superhéroes de la aldea global (Compañía Nacional de Teatro, 1995); El color del cristal (1996), Las historias que se cuentan los hermanos siameses (1998), Adictos Anónimos (1999), Opción múltiple (1999, Premio a la mejor obra de autor nacional 2004 por la APT), La vida no vale nada (2001), que en 2003 realizó temporada en el Espace Libre de Montreal, Canadá; El diccionario sentimental (2003) y El motel de los destinos cruzados (2005).
Algunas de sus obras han sido traducidas al ingles, francés y alemán; ha aparecido en antologías de dramaturgia en Alenania y España, y realizado giras y presentaciones por Estados Unidos, Canadá, El Salvador, Colombia, Bolivia, Chile, Venezuela, Argentina, Portugal, Italia y España.
En el terreno audiovisual ha participado como guionista en proyectos para Radio Educación, Imevisión y Televisa; los últimos han sido Sexo y Otros Secretos (2007) y Los simuladores (2008). Ha concluido tres guiones de largometraje, entre ellos La vida no vale nada (mención de honor en el Concurso de Guiones del Festival Cine en Corto 2003).
Como actor ha participado en montajes como Los negros pájaros del adiós (premio a la revelación actoral de 1990 por parte de la AMCT), Exhivisión (1993), Habitación en blanco (1994) y Hans Quehans, las opiniones de un payaso (2000).
Ha colaborado con numerosas publicaciones especializadas en México y el extranjero; además fue fundador y director de la revista de investigación teatral Documenta-CITRU. Como investigador cabe mencionar sus trabajos Así pasan... Efemérides teatrales 1900-2000 (Escenología AC), Diccionario histórico del teatro en México (1900-1950, sin publicar), así como la antología de críticas teatrales de Jorge Ibargüengoitia reunidas en El libro de oro del teatro mexicano (Ed. el Milagro) y Versus Aristóteles, antología de ensayos en torno a la dramaturgia contemporánea (Anónimo Drama 2004).
Ha sido titular del Centro Nacional de Investigación Teatral "Rodolfo Usigli" (CITRU), de la Dirección de Teatro y Danza de la UNAM, coordinador del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y director del Centro Cultural Helénico.
Entre las distinciones recibidas destaca el Premio Nacional de la juventud 1985 y la incorporación al Sistema Nacional de Creadores de Arte en 1999 y 2008.